Cómo actuar en mi día a día

Salón de Clases, Mi Campo de Batalla.

Por: Ana Gisela Hernández

Así, como “El Caballero de la Triste Figura” van con el corazón hinchado – cargando con libros, plumas y listas – dispuestos a enfrentar a los enemigos más crueles. No siempre se nota, a veces parece sólo una rutina, aunque por dentro estén armados hasta los dientes… preparados para contener el caos antes de que aparezca.

Listos para defender la clase, porque habrá interrupciones. Alguien no traerá la tarea. Habrá alumnos peleados desde el recreo. Alguno llegará cargando problemas demasiado grandes para su edad. Otro se esconderá detrás de la apatía… y varios tendrán la mirada perdida en cualquier lugar menos en lo que se intenta enseñar.

Cada día más el aula parece convertirse en un campo de batalla en donde se lucha por captar la atención en un mundo diseñado para distraerla. Peleando contra hábitos cada vez más arraigados como la inmediatez, la falta de escucha, el desinterés y la dependencia a estímulos constantes. Intentando explicar fracciones, literatura, química o gramática mientras ocurren conflictos emocionales, familiares y sociales que ningún plan de estudios menciona, pero son innegables.

A veces, para sobrevivir, la táctica se vuelve defensiva… evadir conflictos porque no hay tiempo. Ignorar inquietudes que parecen “salirse de la materia”. Seguir el programa a costa de lo que sea, aunque la intuición indique que alguien necesita regresar dos pasos antes de avanzar a la siguiente lección. “Dar la clase” se vuelve tan vital que quienes la reciben quedan en el olvido.

De pronto, se confunden unos simples molinos de viento con gigantes viles y se declara la guerra a los enemigos equivocados. Quizá el problema no es el estudiante que irrumpe sin dejar de hablar, sino la incapacidad de descubrir por qué necesita ser escuchado. El enemigo no es el estudiante distraído, sino la desconexión que existe entre lo que se enseña y lo que él siente que tiene sentido en su vida. Tal vez la batalla no está en controlar el salón, sino en impedir que la curiosidad muera dentro de él.

Cuántos maestros hay que, como Don Quijote, salen cada mañana con ideales que el mundo considera ingenuos como considerar que la educación puede transformar vidas, que una conversación puede rescatar a un alumno y que una palabra de aliento puede cambiar una historia… Defendiendo causas invisibles, apostando por semillas cuyo fruto quizá nunca verán. El salón de clases es campo, pero no de batalla… sino de ACCIÓN… donde se puede HACER y motivar al BIEN para inspirar y contagiar el anhelo por aprender.

Maestros: ¡esos ideales son reales! El ruido a veces sólo oculta el silencio emocional de los alumnos. La falta de atención es más bien falta de asombro. La indisciplina más bien exige a alguien que escuche. A LUCHAR, pero no contra los alumnos, sino contra la indiferencia; la costumbre de enseñar en automático, contra el desgaste, contra la tentación de ser meramente administradores de contenidos.

Educar es sacar de adentro, encender preguntas, provocar curiosidad. Es mirar a un estudiante y hacerle saber y sentir que su voz tiene valor. Sí es enseñar matemáticas, pero también es enseñar humanidad en cada interacción cotidiana.

Sí, es cansado. También hay una vida personal paralela, cargas administrativas, evaluaciones interminables y presiones constantes. Se libra una lucha interna y días en los que apenas se puede sostener una sonrisa para entrar al aula. Hay que recordar que, incluso agotados, se tiene una inmensa posibilidad: elegir qué tipo de batalla queremos pelear

Porque quizá el mejor maestro no es el que logra imponer silencio absoluto en el salón, sino el que, por un instante, consigue que un alumno olvide mirar el reloj porque algo despertó dentro de él… y tal vez en ese pequeño momento de curiosidad genuina, cada Quijote es capaz de derrotar a los gigantes.

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